domingo, 2 de enero de 2011

2011

Lo que sigue es un fragmento del discurso de José Saramago de aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 1998.


Por más que no tenga tanta relación con nuestros habituales temas, sirve como homenaje a un genio de la literatura, y como bienvenida del año.


Espero que lo disfruten tanto como nosotros.


Hasta la próxima, siempre...


Winston Smith



De cómo el personaje fue maestro y el autor su aprendiz

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer.

Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama.

Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable.

Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado.

Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera.

Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea.

Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba.

Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: "¿Y después?".

Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo.

Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa.

Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza".

Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños.

Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No hijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada.

Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Ejemplos

Qué difícil es escribir algo sobre la última dictadura militar que castigó a nuestro país y no caer en las cosas que se dicen siempre.

Pero por qué no debemos caer en ellas si cada vez que las leemos, nos siguen emocionando, si indefectiblemente se nos pone la piel de gallina y sentimos un nudo en la garganta.

Será porque las sentimos presentes. Razones hay, y muchas, para que así sea. 30.000.

El 24 de marzo de 1976 se ponía en marcha un proceso que iba a resignificar la historia, pasada y futura, de nuestro país. Como Nación debimos atravesar nuestro período más doloroso. Asesinatos, torturas, violaciones, detenciones masivas...las principales víctimas: los jóvenes de aquél entonces. La juventud del 70`. Pero los delitos que se cometieron fueron de tal magnitud y naturaleza, que nos afectaron y nos van a seguir afectando a TODOS siempre. Son de Lesa Humanidad.

Supimos sobrevivir y con grandeza. Los obstáculos y las resistencias también estuvieron presentes, pero aprendimos y dimos los pasos necesarios (todos los días debemos darlos) para que Nunca más pase algo así.

El juicio a las juntas militares fue un hecho sin precedentes en el mundo. Nunca se había visto que un país juzgue, en su territorio y bajo su ordenamiento jurídico, a los máximos responsables del terrorismo de Estado. Sin embargo, luego fuimos testigos de otros acontecimientos que empañaron un poco esa ejemplaridad.

Indultos, obediencia debida y punto final.

Es difícil no cuestionar a los autores de tales medidas que terminaron protegiendo y beneficiando a los dictadores. Si bien el hecho de haber sido ejecutadas en otro contexto -las FFAA continuaban revistiendo mucho poder y la democracia aún se encontraba frágil-, podría considerarse como un atenuante, es necesario tener en claro que las mismas nunca debieron ser tomadas.

De igual manera, celebramos, antes y ahora, la asunción en 2003 de un gobierno democrático que adoptó como política de Estado el juicio y castigo a los responsables de los mayores horrores. Fueron muchas las medidas adoptas en este sentido, y todas ellas importantes en nuestro camino hacia una sociedad que no olvide, no perdone y juzgue legalmente. Todas características que nos hacen maduros y responsables para con nuestro pasado y futuro.

La última semana fuimos testigos de un claro ejemplo de lo que venimos diciendo. En el marco de este proceso de justicia con nuestro pasado, se conocieron las sentencias a algunos genocidas que están siendo juzgados, entre ellos a Videla. Nada les devolverá sus hijos o nietos a las Madres y Abuelas, nada les borrará el sufrimiento a los miles de torturados. Pero cuando no hay justicia, el delito es doble, y por lo tanto, el Estado es doblemente responsable.

Ver a Videla sentado ante un tribunal de justicia, habiendo sido objeto de un procesamiento legal y recibiendo la condena a cadena perpetua, no deja mucho más por decir. Es el mejor ejemplo que nos podemos dar como sociedad, a nosotros, a los que vendrán y al mundo entero.

Cuando el entonces presidente de la Nación, Néstor Kirchner, manifestó en la Asamblea de las Naciones Unidas que eramos todos hijos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo dijo, seguramente, una gran verdad que pocos se hubiesen animado a decir.

Porque si vivimos en la mentira y la complicidad no somos dignos de enfrentar nuestra historia.

Hasta la próxima, siempre…

Winston Smith

domingo, 19 de diciembre de 2010

Los de siempre

La fuerza del discurso dominante es muy grande. Su posición le permite gozar de ciertos privilegios que los demás discursos en pugna no poseen. Sus defensores son, por lo general, mayores en número y en poder, y sus detractores, los verdaderos, los que no se venden al mejor postor, deben luchar ferozmente por sobrevivir.

El neoliberalismo consiguió su reinado, en nuestro caso como en el de muchos otros países, a costa de fuerza y sangre. La última dictadura militar que nos castigó fue la responsable de su instalación como paradigma dominante, siendo este uno de sus profundos legados.

Los gobiernos que restablecieron el control civil del Estado no quisieron alejarse de esos cimientos económicos, políticos y sociales que habían establecido los militares. Pero ya no hacía falta el uso del terror como lo llegamos a conocer por esos tiempos. Sin embargo, la violencia iba a decir presente bajo otras caras: hambre, pobreza, privación de derechos.

La idea matriz que guiaba el discurso era el libre juego de la economía, era el retiro del Estado, era la no interferencia entre los privados, era la esperanza del derrame.
El resultado es bien conocido. Los únicos beneficiarios fueron los de siempre, los más fuertes. La supervivencia del más apto en términos puramente económicos. Y el derrame que nunca llegaba, que nunca llegó.

Tras la falaz apariencia de un bienestar general, que rápidamente desnudó su fragilidad, se ocultaba la continua y profunda erosión de los cimientos de una sociedad justa e igualitaria.

El anochecer neoliberal (por poetizar la terminología) generó lesiones sociales, políticas y económicas muy profundas. La salud, la educación, la cultura, por citar algunas, sufrían heridas de las cuales parecía difícil recuperarse.

Sin embargo, luego del anochecer neoliberal llegó la hora, siguiendo con la poesía, de un despertar estatista. Encontramos la solución que muchos buscábamos y muchos otros querían que no encontremos.

Un Estado presente, activo, redistribuidor. Un Estado que vele por la supervivencia de aquellos a los cuales las fuerzas del mercado se lo hacían muy difícil. Si no era el Estado, quién sería. La torta podía agrandarse, pero los pedazos más chicos lo eran cada vez más, mientras que los más grandes también crecían.

Entonces apareció el Estado como una poderosa llave para solucionar ciertos problemas. Es el único que tiene la capacidad para enfrentar, y vencer, a los poderes que no querían que nada cambie.

Es un notable acontecimiento el destrone del neoliberalismo como discurso dominante. Es un paso nomás, pero quizás el más complicado de dar.

La lucha debe ser constante y debe dar continuos signos de vitalidad. La inclusión debe avanzar cada vez más, y no satisfacernos con estos primeros pasos.

Sólo así evitaremos un nuevo embate neoliberal. Sólo así seremos una Nación más justa e igualitaria.

Hasta la próxima, siempre…

Winston Smith

domingo, 12 de diciembre de 2010

¿Está bueno?

“…y a todos aquellos que quieran habitar el suelo argentino…”


Infantil sería desconocer que las expresiones xenófogas existen en todas las sociedades, estén más o menos extendidas. Ingenuo sería pensar e intentar que así no sea.


En una sociedad democrática no podemos impedir este tipo de manifestaciones discriminatorias. Lo que sí podemos es condenar enérgicamente cada una de ellas.


Una situación en la que una personalidad política, incluso con aspiraciones presidenciales, haga una declaración de este tipo no deja de sorprendernos. Y en el momento en que la hace, más aún. No está bueno, Mauricio. No es PRO.


Bueno estaría que se haya preocupado por tratar un problema tan importante como el de la vivienda. Bueno estaría que no haya subejecutado el presupuesto asignado a la construcción de viviendas. Bueno estaría que dé el mismo trato e importancia a todas las zonas de la Ciudad. Pero no sería PRO seguramente.


Partiendo del supuesto de que la ignorancia o la falta de información no fue lo que motivo la declaración, caemos en un discurso retrógrado propio de la derecha conservadora. Es la vinculación lineal, falaz por supuesto, de asociar a los inmigrantes de los países limítrofes con el narcotráfico, el terrorismo, la inseguridad.


El problema es que el pedido de endurecer las políticas inmigratorias interpela a numerosos segmentos de la población que se sienten identificados. Haciéndolo, activan, confirman o dan fuerza a pensamientos que responden a lo más oscuro de la naturaleza humana.


No descubrimos nada diciendo que Argentina es un país que, post colonización, así como dio, recibió mucho de la inmigración. Fue un país que abrió sus puertas a muchas personas que buscaban oportunidades o escapaban de guerras. Muchas veces no habrá sido lo que soñaban o les prometían, pero sin duda fue un lugar que aceptó y respetó la diversidad cultural.


Quizás sea esa mezcla de nacionalidades una de las mayores riquezas que atesora nuestro país. No sólo la mezcla en sí, sino la aceptación de ella.


Debería ser motivo de orgullo vivir en un país que siga aceptando sin mayores restricciones a quienes quieran habitarlo. Ser solidarios como sociedad ante quienes lo necesitan, otorgando derechos y responsabilidades es algo que nos enaltece.


Hasta la próxima, siempre…


Winston Smith

domingo, 5 de diciembre de 2010

Núcleo

A lo largo de la historia, el régimen político siempre fue objeto de estudio y análisis. La búsqueda del mejor o más apropiado para el desarrollo de la vida humana fue una continua preocupación que se registra, al menos, desde que nuestros tiempos son documentados.


De la mano con la anterior indagación, se presenta la búsqueda de fundamentación a la necesidad que tiene toda sociedad de que algunos manden y otros obedezcan, siendo los primeros uno o unos pocos y los segundos la gran mayoría.


No es nuestra intención hacer un recorrido histórico por las diferentes respuestas que los hombres se dieron a estos interrogantes. Actualmente, la gran mayoría de nosotros vivimos en países en los cuales es el pueblo quien gobierna, poseyendo derechos y obligaciones y creyendo en un entramado legal por el cual ciertas personas, temporalmente, son elegidas para dirigir los destinos del país.


La democracia es, para muchos de nosotros, el mejor régimen para vivir. Una democracia en la que el pueblo pueda gobernar verdaderamente por medio de sus representantes, en la que crea en dicho vínculo subjetivo y tenga razones para ello. Una democracia que incluya cada vez a más y que los incluya mejor. Una democracia más democrática y más republicana.


Estos últimos días se desarrollaron dos cumbres de mandatarios regionales, la de la Unasur y de Iberoamericana. Si bien, necesariamente, los temas tratados y los participantes no fueron los mismos, en ambas sobresalió un espíritu compartido.


La unidad latinoamericana fue objeto de análisis en otro artículo, sin embargo ahora queremos detenernos en la unidad en el respaldo al régimen democrático.


La cláusula democrática, suscripta por todos los países de América del Sur, establece que cualquiera de ellos que se aleje de dicha régimen es inmediatamente expulsado de la Unasur. Esto no implica solamente el establecimiento de un rápido mecanismo de respuesta ante una posible vulneración de la soberanía de alguno de los países. Representa, a su vez, una firma declaración de principios. No de menor importancia por nuestra historia y nuestro presente.


El establecimiento de democracias con las características que más arriba describimos suelen ser procesos que afectan intereses poderosos, que no se acostumbran fácilmente a no ser privilegiados. Es, por lo tanto, de gran significación el respaldo que adquieren con la cláusula democrática.


Iberoamérica fue también escenario de dictaduras, sangrientas y, valga la redundancia, duras. Resulta, a nuestro juicio, más que un dato de color que el presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero, no haya podido estar presente en Mar del Plata debido a que su país está inmerso en una gran crisis. Y, cuanto menos paradójico observar cuáles son las medidas que se toman para salir de ella.


Como dijimos, los procesos de democratización son largos y generan poderosas resistencias. Como estamos viendo, deben tomarse como núcleos básicos de consenso. Y responder con más y mejor democracia.


Hasta la próxima, siempre…


Winston Smith